Ciberacoso, contundente testimonio de la periodista colombiana Johana Arroyabe

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Hablar sobre el ciberacoso no es nada fácil, pues la mayoría de veces es cometido vulnerando tu intimidad, tu amor propio, y carece de toda crítica objetiva a la labor periodística. Ese es el caso de la periodista bogotana Johana Arroyabe cuyo testimonio el Observatorio Latinoamericano para la Libertad de Expresión decide compartir, tal cual se publico en la página Shock. Aquí esta valiente opinión…

Este extracto de la opinión publicada por la propia periodista colombiana Johana Arroyabe en el medio virtual Shock, bajo el título de Ciberacoso: cómo las redes sociales no están matando llamó la atención del Observatorio Latinoamericano para la Libertad de Expresión (OLA) por varios motivos. Primero por su perfil, se trata del ataque a una periodista que no pertenece a los grandes medios de comunicación, y que guarda semejanzas con el acoso dirigido a muchas colegas, una realidad que debe unirlas en un rechazo generalizado al ciberacoso. Por esto mismo, lo escrito por Arroyabe es necesario de difundir, es valiente y no se guarda nada. A continuación las palabras de Johana Arroyabe:

“Hoy en día ser víctima de ciberacoso se ha vuelto cada vez más común en una sociedad que no ha entendido que este problema no se debe minimizar y trivializar como un contratiempo virtual; que, como me pasó, puede desembocar en pánico, miedo y depresión; o que, según cifras de Medicina Legal (reportadas en la cartilla Suicidios en niños, niñas y adolescentes. Colombia, enero a julio 2018*) en los primeros siete meses del año pasado 156 niños, niñas y adolescentes se quitaron la vida por “maltrato psicológico y/o bullying”.

Y es que lo que pasa en redes no se queda en redes. El mundo virtual ha invadido al real. En mi caso llegué a sentir miedo de que las personas que me atacaban en mis posts algún día llegaran a la puerta de mi oficina y me echaran ácido en la cara.

No cuento esta historia para generar compasión y apoyo, sino para ayudar a miles de personas que tarde o temprano descubrirán que en Colombia –un país donde sus dirigentes a duras penas entienden las dinámicas de las redes sociales y creen que hay que entrar a regular ideologías–, son pocos, poquísimos, los canales de ayuda y protección a las víctimas. Bloquear y marcar como spam ya no sirve de nada. El acoso, como un virus, se multiplica y llega por todos lados. ¿Estamos indefensos ante las amenazas?

I. HISTORIA REAL DE UN ACOSO VIRTUAL

En noviembre de 2017 recibí un mensaje por WhatsApp de un número desconocido. Era la foto de un pene. Bloqueé el número y eliminé el chat. “¿Por qué hay manes tan locos?”, pensé. ¿En serio creen que tienen el derecho de compartir, sin que nadie les haya pedido algo tan íntimo y con una desconocida? Al parecer sí, pues en pocos minutos, había más de 30 imágenes de penes en mi teléfono. Al único que no mandó fotos, pero me escribió un mensaje preguntando si podíamos intercambiar “nudes”, le hablé:

–¿De dónde sacó mi número?

–Tienes una cuenta en Instagram donde dices que quieres recibir nudes.

Alguien, no sabía quién, había abierto ese perfil con mis fotos y mis datos. Denuncié la cuenta y al poco tiempo la cerraron. Pensé que todo había parado ahí, pero apenas estábamos en la fase 1. Poco tiempo después, desde un perfil sin foto, sin seguidores, sin publicaciones y con un alias que combinaba letras y números al azar, comenzaron a aparecer insultos en mis fotos de Instagram.

“Estamos aburridos de ti, gorda asquerosa”.

Procedí de acuerdo con los protocolos de las redes sociales: bloquear y marcar como spam, pero no sirvió de nada. Cada día, desde una cuenta distinta y anónima me escribían los mismos insultos. Llegué al punto en que me daba mamera abrir mis redes y mover cualquier contenido. La virtualidad, ese lugar en el que se supone podemos divertirnos, entretener la mente y donde todo debería estar bien, se convirtió en mi espacio más odiado. 

Los comentarios se volvieron más sofocantes, vigilantes y hostiles, describían la ropa que llevaba puesta el día anterior, mencionaban los lugares donde había estado y las personas con las que andaba como si me tuvieran observada. Quejarse ante Instagram era hablarle a una pared virtual incapaz de solucionar algo. Y, para empeorar, empecé a pensar que era mi culpa por publicar fotos, por tener redes y compartir contenidos.

Los mensajes que llegaban casi a diario me mandaron a terapia sicológica porque me reprochaba no ser lo suficientemente fuerte para asumir lo que estaba pasando. Hay quienes dicen que no es para tanto, pero sí, sí lo era. Estaba viviendo lo que se conoce como “victim blaming”, en donde la víctima considera que es responsable de lo que recibe. La terapeuta emocional Monica Sanabria lo explica en términos más sencillos: “es un proceso habitual que las víctimas de cualquier tipo de violencia toman como mecanismo de defensa para encontrar una explicación rápida y coherente a lo ocurrido”.

Desde el Observatorio Latinoamericano para la Libertad de Expresión (OLA) queremos agradecer a Johanna Arroyabe por su testimonio, e invitarlos a leer el texto entero en este link https://www.shock.co/cultura-pop/ciberacoso-como-las-redes-sociales-nos-estan-matando-ie33

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